Escrito a tientas (A propósito del 450 aniversario de Lima)

Revista Incontri Nº 185. Enero 1985

(Perú, Enero 1985)

Enrique Bonilla Di Tolla

No sé si escribir sobre Lima esté vetado para un provinciano: o por el contrario constituya un deber. ¿No es acaso Lima la ciudad de los provincianos? De cualquier manera, creo que todos los que habitamos Lima, tenemos algo que decir sobre ella. Es por este motivo que escribo el presente articulo, sin más ambición que expresar mi sentir, tan simple como el de cualquier otro habitante de nuestra ciudad.

Los primeros recuerdos de Lima, están indudablemente ligados a mi infancia. Esta era la ciudad donde pasaba los tres meses de las vacaciones escolares, especie de rutina anual patrocinada por mi madre, que retornaba brevemente a su ciudad natal año a año. De esta manera gozábamos del verano y las playas y nos apartábamos de las infames lluvias que mojan las tierras serranas por aquellas épocas, poniendo verdes los campos y desarrollando los sembríos.

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Lima, para un infante bastante agrandado y sabihondo, era una ciudad histórica. En ella podía gozar al encuentro de todos los vestigios de una época colonial pretérita, que increíblemente, a pesar de los años transcurridos, no parecía perder vigencia ni en las casas — léase arquitectura — ni en las bocas de las gentes — siempre hablando de algún ancestro marqués o conde que refinaba su linaje—. Era una Lima que parecía drenar de la biblioteca de mi abuelo, donde se encontraban esos seis adorados tomos de “Las Tradiciones Peruanas”, que fueron mi principal fuente de fabulación infantil. Encerrado en mí habitación recreaba imágenes de “Los Caballeros de La Capa”. “Anales de la Santa Inquisición” me asustaba con “Don Dimas de la Tijereta” y “La Procesión de Animas”.

Esta Lima infantil continuaba en extensas conversaciones con un tío abuelo. Los temas de relato eran siempre muy limeños, es decir historias de piratas, curas, almas en pena y tesoros escondidos. Luego era muy hermoso convalidar estos relatos en la “Lima Tradicional” con sus balcones destartalados, museos inquisitoriales, iglesias y conventos. Muchas veces, mientras escuchaba misa en Santo Domingo — vieja tradición familiar —, mi imaginación se distraía de los evangelios y volaba por la nave del templo, esperando ver frente a algún altar al virrey o a la tapada limeña.

Los años posteriores, me fueron mostrando otra Lima, circunscrita casi exclusivamente al centro de Miradores, con sus chicas bronceadas de jeans ceñidos, patas pelucones y pitucos extravagantes. Para un adolescente, este era todo un mundo de aventura, con sabor a cigarrillo fumado a escondidas y papitas fritas con ketchup y mostaza. Todo esto era un hermoso mundo finito, que parecía empezar en el Cine Pacífico y terminar en alguna cuadra de las últimas de Larco; calles que se caminaban incansablemente y con los ojos bien abiertos.

La “Lima” de mis años universitarios es bastante confusa; tal vez por que está inmersa en esa neblina invernal que parece confundirlo todo. Dentro de este vaho húmedo, un estudiante de arquitectura tiende a polarizar sus ideas hacia los extremos más antagónicos.

Para algunos. Lima siempre será “La Horrible”, la imagen de una ciudad opresora, con su inmensa cantidad de marginados. La Barriada se conviene idealmente en su bastión de tacha contra la desigualdad. El estudiante es ganado por la demagogia política,
abandona su mesa dediseño y la reemplaza por una cómoda mesa de café, donde repite

sus slogans pre-inventados como un autómata.

Otros subliman Lima con un romanticismo inusitado. Aman Lima por los vestigios de un pasado no claro, cerrando los ojos a la ciudad actual. Buscan refugiarse en ambientes que son vestigio de la ciudad pasada o en ambientes recién envejecidos para parecerlo. Ellos serán fácilmente ganados por la bohemia, donde el “que loco” y el “excelente” son los nuevos índices de solemnidad.

Mi sentir por la ciudad actual, no está lejos ni de uno ni de otro. Cada uno a su manera ha enunciado su verdad sobre la ciudad, que nos muestra cuan diferente es Lima, que cuando queremos llegar a ella nos enceguecemos. El andar a tientas no nos permite percibir el todo, respondemos solo por nuestro tacto, visión parcial e imaginaria que será nuestro consuelo.

He querido escribir sobre ti, Lima, a través de una experiencia personal, que me es difícil terminar. No creo que exista un corolario lógico para todo lo que eres y para todo lo que hay en ti. Guardo quizás las mismas expectativas que tienen todos respecto a tu futuro.

No sé realmente, en que irá a terminar esta ciudad fragmentada, donde por un lado no se conocen más que esteras, casas a medio construir, música chicha e inmensos basurales; u otra en la que por contraste se aglutina una ciudad formal, con sus retiros arbolados, sus casas con tejas inútiles, rock, jazz y conversaciones sobre Miami.

Pero Lima es solo eso, Lima. Ni Lima “de veras”, ni Lima “la horrible”, una ciudad que evoluciona, que cambia, con un pasado orgulloso, un presente difícil y un futuro desconocido. Esta es nuestra ciudad a la que por ningún motivo debemos dejar de querer, ni por un solo instante.

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